COLUMNAS, ARTÍCULOS DE OPINIÓN
Y EDITORIALES
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Las familias gitanas de Peal de Becerro (Jaén) están siendo atacadas en sus propias viviendas ante un incidente con el cual no tienen vinculación. Los medios de comunicación definen estos hechos como altercados y movilizaciones
José Santos 20/07/2022
Una vivienda incendiada en Peal de Becerro (Jaén) durante los ataques contra los gitanos de la noche del 18 de julio.
En las últimas horas hemos asistido a continuos ataques hacia familias gitanas de la localidad jiennense de Peal de Becerro. Los medios de comunicación de nuestro país relatan lo ocurrido como manifestaciones pacíficas, movilizaciones o altercados. Y no, no son altercados y movilizaciones sin argumento, estamos de nuevo ante continuos ataques por motivo de antigitanismo.
La madrugada del domingo 17 de julio fue presuntamente asesinado un joven de 29 años en la localidad de Peal de Becerro (Jaén). Los cuatro presuntos implicados, gitanos, fueron detenidos. Actualmente, dos de ellos han quedado en libertad con cargos y los otros se encuentran a la espera de pasar a disposición judicial. Sin embargo, los vecinos están protagonizando un continuo y terrible pogromo contra el Pueblo Gitano de Peal de Becerro, sin ninguna vinculación con el presunto homicida. Saqueos en las casas, amenazas e incendios son algunos de los ataques que los gitanos y las gitanas de esta localidad están sufriendo en sus propias viviendas. ¿El motivo? Pertenecer a la misma etnia que los presuntos asesinos: ser gitanos.
Al grito de “¡Asesinos fuera!”, en una manifestación compuesta por varios miles de personas –en un pueblo de poco más de 5.000 habitantes–, los gitanos y las gitanas de Peal de Becerro se han visto invadidos y amenazados en sus propias viviendas. Ante esto, estas familias han pedido ayuda a las autoridades pertinentes y, de nuevo, no se han visto respaldados. ¿Dónde estaban las fuerzas de seguridad de Peal de Becerro mientras los vecinos destrozaban las casas y daban la vuelta a los coches de personas inocentes? …
En España, un Estado de Derecho, no debemos olvidar que la responsabilidad penal es individual. No podemos culpar a todos los gitanos y las gitanas de un pueblo ante un presunto homicidio. No lo haríamos si el presunto asesino fuera payo, no lo veríamos necesario y mucho menos justo. Si el presunto asesino no fuera gitano, ¿se pediría a todas las personas que abandonaran el pueblo? La respuesta es más que evidente. Sin embargo, cuando hablamos del Pueblo Gitano, se generaliza y se estigmatiza ante cualquier situación. Se estigmatiza hasta tal punto que, aun siendo víctimas, se les tachan de verdugos. Es más, la protección a los menores queda en un segundo plano y, por lo tanto, también vulnerada, pues los propios hijos de estos afectados tienen que salir a mitad de la noche porque su casa está en llamas. Mientras tanto, los hijos de las familias no gitanas aprenden la lección de “cómo se debe tratar a los gitanos y a las gitanas” cuando “hacen algo mal”. Una clara deshumanización como sujeto de derechos [...]
Porque lo permitimos
Veo en un vídeo de la ONG Educo, que uno de cada cinco niños y adolescentes que hay en España sufre acoso escolar o bullying. Si tenemos en cuenta que la población menor de 18 años escolarizada suma 8.200.000 personas, significa que ahora mismo, en plena mitad del primer trimestre escolar, hay 1.640.000 chicos y chicas en nuestra sociedad sufriendo un auténtico calvario. Viviendo en el infierno, en fin, con el agravante de que, en esas edades, uno todavía no sabe que incluso los infiernos pueden terminar. En la niñez y la adolescencia todo es para siempre. Imagina vivir encerrado en un tormento así, silencioso y eterno.
Aunque quizá no lo tengas que imaginar, quizá lo hayas vivido, porque el acoso infantil ha existido siempre. Lo que pasa es que antes no teníamos palabras para nombrarlo. Y aquello que no sabes denominar es aún más difícil de asumir. Y de combatir.
Leyendo la profunda autobiografía de Nietzsche, De mi vida, escrita en la poco habitual edad de 14 años, encontré este pasaje: “Ya por entonces empezaba a revelarse mi carácter dolorido y aflictivo, y por eso no era tan gracioso y desenvuelto como suelen ser los niños. Mis compañeros de escuela, casi todos muy brutos, comenzaron a burlarse de mí en su miserable argot escolar. Me hacían gestos, entonaban rimas denigratorias delante de la institución, e incluso más tarde, en el Gymnasium”. Acabaremos, nos dice de alguna manera el pobre Nietzsche de 14 años, padeciendo lo que él llamaba “los primeros dolores de pubertad”. Quizá ahí surgiera, al margen de la derrota y la compensación, el magma melancólico y brillante que le llevó a escribir a los 14 años que “ya entonces se había forjado mi carácter interior”. Ese mismo magma se gestará en el niño víctima del bullying, si logra sobrevivir.
Lo que quiero decir es que el acoso infantil tiene consecuencias. Deja cicatrices permanentes, a veces mutilaciones, en ocasiones cadáveres. He escrito varias veces sobre el bullying escolar y esos artículos chorrean sangre. Hablé de Jokin, de 14 años, que se arrojó desde un acantilado en Hondarribia, en 2004, tras dos años de tortura sistemática. Y de Carla, de 14 años, que en 2013 se tiró por la ventana de su casa, en Gijón, porque dos compañeras la maltrataban hasta la muerte por su estrabismo. Y de Arancha, de 16 años, con discapacidad intelectual y motora, que en 2015 se arrojó por el hueco de una escalera de seis pisos, en Madrid, tras sufrir brutales palizas y chantajes por parte de un compañero (entre otros testimonios que nunca han salido a la luz). También recordé a Diego, en Madrid y en 2015, saltó por la ventana de una quinta planta. Qué tremenda la metáfora de ese niño lanzándose desde el balcón de la infancia. Muchos más, demasiados muertos más. Por mencionar tan solo 2021, podemos citar a Elian (11 años) y Kira (15).
Los casos fatales son la punta del iceberg. Las víctimas, ya lo he dicho, son muchísimas más: cientos de miles. Unas pocas quizá consigan sacar algo de bueno de esa herida (Irene Vallejo ha dicho varias veces que sufrió acoso, y creó su hermoso libro El infinito en un junco nace en parte de ahí), la mayoría arrastrarán secuelas de diversa gravedad y algunas simplemente no lograrán superarlo. Toda esa angustia es sencillamente inaceptable. Es demasiado dolor.
Lo peor es que el bullying ha aumentado mucho en la última década (con cierto parón durante la pandemia) y ahora cuenta con el grave añadido del ciberacoso, que te persigue día y noche, que jamás cede (el niño o niña maltratado no tiene escapatoria). Cuando mandas a tu hijo o hija al colegio, tan cuidado e intentas mantenerte al tanto de su vida: puede estar siendo torturado. Pero también puede estar siendo verdugo, porque los roles se invierten con frecuencia, porque los cobardes son legión. Con esas cifras estamos hipotecando el futuro de todos. La opacidad de los colegios, el miedo de los profesores, el silencio de las familias, la indiferencia social, la hipocresía institucional, están ayudando a forjar una infancia, el nivel más sagrado de nuestra existencia, en violencia que perdura en la adultez. Y ya sabemos lo que nos dice esta escuela de depredadores: este sufrimiento. El mal existe porque lo permitimos.
ROSA MONTERO, El País, 21/11/2021
Acabo de leer no sé dónde que la tumba de Nefertari, consorte que fue del faraón Ramsés II, ha sufrido más daños a causa de las visitas turísticas en poco más de medio siglo que durante los tres mil tacos de calendario que permaneció oculta. Siete millones de visitantes son muchos, y desde la humedad de la respiración hasta las manos que tocan las paredes, y el polvo, y el Te amo Jennifer, y la lata de Coca Cola que se derrama encima del mural de treinta siglos, aquello está hecho una lástima. Ni siquiera las restricciones impuestas tras la última restauración solucionan el problema. Así que la tal Nefertari va lista de papeles a corto plazo.
Pero no se trata sólo de la chica egipcia esa. Podemos citar los frescos del Vaticano acribillados por nombres y mensajes de turistas, las botellas vacías que llenan las calles y canales de Venecia, los azulejos arrancados de Lisboa, los bellísimos rincones, muros o pinturas machacados por gentuza sin conciencia en Sevilla, Paris, Córdoba, Santiago, Florencia o Viena, para comprender que algo se está yendo de vareta en esto del turismo popular, de masas o cómo diablos queramos llamarlo. De hecho, uno hasta se pregunta si las palabras turismo y masas son compatibles. O si el término popular es hoy combinable con la palabra cultura. O para ser más exactos, si todos los turistas tienen el mismo derecho a acceder a todas partes. Y la desoladora respuesta es que sí. Que, para bien o para mal, nadie puede negarles, negarnos ese derecho. Esa espeluznante conquista social. Y en el futuro ya siempre será así, o será peor.
Irse al carajo destruyendo los restos de nuestra memoria, supongo, forma parte inevitable del tiempo y de la vida. Incluso en lo que se refiere a la memoria de la Humanidad. Somos demasiados los que hemos adquirido el derecho a invadir, degradar y arrasar impunemente lugares que costaron muchos siglos y esfuerzos conservar. Pero además, como éstos son tiempos en que lo malo y lo estúpido suele ir vinculado a la ordinariez, resulta que lo hacemos alfombrando esa memoria con latas vacías y mondas de naranja, marcando piedras, muros o pinturas con nuestras iniciales y declaraciones de principios, sin el menor interés por enterarnos de la historia y circunstancias de las reliquias que destruimos. Con el único objeto de hacernos una puta foto.
Mirémonos despacio, por el amor de Dios. Pasamos por los sitios a centenares y en tropel, detrás del guía, a toda prisa y sin enterarnos de nada, con el gesto bovino de quien únicamente espera la vista conocida, el cuadro famoso, la torre inclinada, para inmortalizarse a sí mismo con vídeo o fotografía en un escenario que sólo interesa porque sale en las postales y en las películas. El resto nos importa una puñetera mierda. Recorremos el mundo sin saber siquiera dónde hemos estado; sin cambiar una sola palabra con los habitantes del lugar, sin entrar en un café, sin pisar una calle que no esté programada en los malditos itinerarios turísticos oficiales. Somos zombies boquiabiertos y grotescos, incapaces de registrar en la retina sino lo que de antemano estamos programados para ver. Y así, después, cuando en el cine sale la torre Eiffel, puede oírsenos decir a la legítima, en tono viajado y cosmopolita: "Mira, Paris".
Si fuéramos inofensivos, todo eso sería asunto de cada cual. Pero no somos inofensivos: ocupamos espacio, hacemos ruido, dejamos sucias huellas, fastidiamos a los turistas individuos de verdad, esos que si andan por el mundo a la búsqueda de una explicación, un recuerdo, un matiz. Los que viajan para conseguir cultura y conocimiento. Esos que, agazapados en un rincón del museo o de la iglesia, esperan pacientemente a que desfile la infame tropa para quedarse de nuevo cara a cara con el cuadro, el retablo, el misterio de sí mismos que intentan desvelar merced a esas reliquias de la memoria. En otro tiempo, sólo quienes tenían dinero, o quienes no lo tenían pero estaban dispuestos a hacer el esfuerzo necesario, accedían a ese tipo de lugares. Y el que no, pues no. Eso era injusto, por supuesto; pero favorecía una especie de selectividad práctica: uno valora más aquello que consigue con dinero, dificultad o sacrificio. Además, entonces la gente aspiraba a parecer culta y educada, aunque no lo fuera. Se guardaban las maneras, y al final ya no era tanto cuestión de pasta, sino de actitudes acordes con el lugar a visitar: éste ejercía una influencia benéfica sobre el turista. Ahora ocurre justo lo contrario. Quizás, porque a cualquier animal borracho de cerveza, echar una meada en una esquina oscura del Duomo de Florencia le sale por cuatro duros si lo hace con desayuno incluido, en días azules y en compañía de otros cinco mil.
ARTURO PÉREZ REVERTE, 25 de febrero de 1996
ASESINOS Y VIOLADORES, DELANTE
En las noticias relacionadas con la violencia de género abunda una forma de redactar sumamente peculiar en la que el sujeto pasa a objeto y viceversa, audaz escamoteo en que un crimen brutal se transforma en una especie de accidente sintáctico. Basta leer, por ejemplo: "una mujer muere asesinada por su ex pareja", titular que, por desgracia, sigue granizando a lo largo y lo ancho de muchos periódicos nacionales.
No hace falta ser un estilista del idioma para comprender que algo muy feo está trastocando ahí el sentido -al tiempo que corroe la estructura gramatical-, cuando la realidad del suceso es que un señor con un martillo o un cuchillo de cocina o una escopeta ha matado a una señora a golpes, a cuchilladas o a balazos. Al subvertir la gramática, el asesino prácticamente desaparece de la frase por birlibirloque, el cadáver toma la responsabilidad de la acción verbal y la noticia va pasando de puntillas del ámbito policial al sanitario, como si la pobre mujer hubiese muerto de una epidemia bastante extendida en España: nacer con el sexo incorrecto y casarse con la persona equivocada. Qué le vamos a hacer, así son las cosas.
Hace unos días, informaron de varias violaciones mediante este curioso giro sintáctico: "Las chicas de Benidorm y Bilbao utilizaron apps para ligar que les condujeron a sus agresores". Tal vez les faltó añadir: “se lo andaban buscando”. Esa forma de redactar tan curiosa da a entender que no fueron los agresores quienes habían usado una herramienta digital en busca de posibles víctimas, sino que eran las víctimas las que iban preguntando por sus agresores.
Se trata de una extensión de esa rutina mental según la cual, cuando se analiza una violación, lo importante no es indagar en el historial delictivo del criminal sino saber cómo iba vestida la víctima, si llevaba minifalda y zapatos de tacón, si iba contoneándose mucho, e investigar además sus costumbres de apareamiento, la frecuencia con que salía de juerga y la hora a la que solía volver a casa por la noche. La misma rutina con la que las autoridades aconsejan a las mujeres no caminar solas por la noche o vestir lo más discretamente posible con el fin de no despertar bajos instintos reproductivos en los varones sanos terminará por advertir que lo mejor será que se queden quietecitas en casa.
Si los redactores utilizaran esta arquitectura gramatical y estos giros semánticos a la hora de escribir noticias sobre cualquier suceso el periodismo patrio iba a quedar fino. Algo más o menos así: "una joyería recibe la visita de unos atracadores"; "un viandante se interpone en el camino de un camión de tres ejes"; "siete ciudadanos fallecen por culpa de un atentado". La sintaxis es una cualidad del alma, decía Valery, y también puede decirse que se trata de una forma de organizar el mundo. La galantería aconseja que las mujeres pasen en primer lugar por una puerta pero la galantería tiene poco que hacer en una violación o en un asesinato. Los asesinos y los violadores, delante.
David Torres, Público, 21/08/2019