NEFERTARI VA LISTA
Acabo de leer no sé dónde que la tumba de Nefertari, consorte que fue del faraón Ramsés II, ha sufrido más daños a causa de las visitas turísticas en poco más de medio siglo que durante los tres mil tacos de calendario que permaneció oculta. Siete millones de visitantes son muchos, y desde la humedad de la respiración hasta las manos que tocan las paredes, y el polvo, y el Te amo Jennifer, y la lata de Coca Cola que se derrama encima del mural de treinta siglos, aquello está hecho una lástima. Ni siquiera las restricciones impuestas tras la última restauración solucionan el problema. Así que la tal Nefertari va lista de papeles a corto plazo.
Pero no se trata sólo de la chica egipcia esa. Podemos citar los frescos del Vaticano acribillados por nombres y mensajes de turistas, las botellas vacías que llenan las calles y canales de Venecia, los azulejos arrancados de Lisboa, los bellísimos rincones, muros o pinturas machacados por gentuza sin conciencia en Sevilla, Paris, Córdoba, Santiago, Florencia o Viena, para comprender que algo se está yendo de vareta en esto del turismo popular, de masas o cómo diablos queramos llamarlo. De hecho, uno hasta se pregunta si las palabras turismo y masas son compatibles. O si el término popular es hoy combinable con la palabra cultura. O para ser más exactos, si todos los turistas tienen el mismo derecho a acceder a todas partes. Y la desoladora respuesta es que sí. Que, para bien o para mal, nadie puede negarles, negarnos ese derecho. Esa espeluznante conquista social. Y en el futuro ya siempre será así, o será peor.
Irse al carajo destruyendo los restos de nuestra memoria, supongo, forma parte inevitable del tiempo y de la vida. Incluso en lo que se refiere a la memoria de la Humanidad. Somos demasiados los que hemos adquirido el derecho a invadir, degradar y arrasar impunemente lugares que costaron muchos siglos y esfuerzos conservar. Pero además, como éstos son tiempos en que lo malo y lo estúpido suele ir vinculado a la ordinariez, resulta que lo hacemos alfombrando esa memoria con latas vacías y mondas de naranja, marcando piedras, muros o pinturas con nuestras iniciales y declaraciones de principios, sin el menor interés por enterarnos de la historia y circunstancias de las reliquias que destruimos. Con el único objeto de hacernos una puta foto.
Mirémonos despacio, por el amor de Dios. Pasamos por los sitios a centenares y en tropel, detrás del guía, a toda prisa y sin enterarnos de nada, con el gesto bovino de quien únicamente espera la vista conocida, el cuadro famoso, la torre inclinada, para inmortalizarse a sí mismo con vídeo o fotografía en un escenario que sólo interesa porque sale en las postales y en las películas. El resto nos importa una puñetera mierda. Recorremos el mundo sin saber siquiera dónde hemos estado; sin cambiar una sola palabra con los habitantes del lugar, sin entrar en un café, sin pisar una calle que no esté programada en los malditos itinerarios turísticos oficiales. Somos zombies boquiabiertos y grotescos, incapaces de registrar en la retina sino lo que de antemano estamos programados para ver. Y así, después, cuando en el cine sale la torre Eiffel, puede oírsenos decir a la legítima, en tono viajado y cosmopolita: "Mira, Paris".
Si fuéramos inofensivos, todo eso sería asunto de cada cual. Pero no somos inofensivos: ocupamos espacio, hacemos ruido, dejamos sucias huellas, fastidiamos a los turistas individuos de verdad, esos que si andan por el mundo a la búsqueda de una explicación, un recuerdo, un matiz. Los que viajan para conseguir cultura y conocimiento. Esos que, agazapados en un rincón del museo o de la iglesia, esperan pacientemente a que desfile la infame tropa para quedarse de nuevo cara a cara con el cuadro, el retablo, el misterio de sí mismos que intentan desvelar merced a esas reliquias de la memoria. En otro tiempo, sólo quienes tenían dinero, o quienes no lo tenían pero estaban dispuestos a hacer el esfuerzo necesario, accedían a ese tipo de lugares. Y el que no, pues no. Eso era injusto, por supuesto; pero favorecía una especie de selectividad práctica: uno valora más aquello que consigue con dinero, dificultad o sacrificio. Además, entonces la gente aspiraba a parecer culta y educada, aunque no lo fuera. Se guardaban las maneras, y al final ya no era tanto cuestión de pasta, sino de actitudes acordes con el lugar a visitar: éste ejercía una influencia benéfica sobre el turista. Ahora ocurre justo lo contrario. Quizás, porque a cualquier animal borracho de cerveza, echar una meada en una esquina oscura del Duomo de Florencia le sale por cuatro duros si lo hace con desayuno incluido, en días azules y en compañía de otros cinco mil.
Arturo Pérez Reverte, 25 de febrero de 1996
Porque lo permitimos
Veo en un vídeo de la ONG Educo.org que uno de cada cinco niños y adolescentes que hay en España sufre acoso escolar o bullying. Si tenemos en cuenta que la población menor de 18 años escolarizada suma 8.200.000 personas, significa que ahora mismo, en plena mitad del primer trimestre escolar, hay 1.640.000 chicos y chicas en nuestra sociedad sufriendo un auténtico calvario. Viviendo en el infierno, en fin, con el agravante de que, en esas edades, uno todavía no sabe que incluso los infiernos pueden terminar. En la niñez y la adolescencia todo es para siempre. Imagina vivir encerrado en un tormento así, silencioso y eterno.
Aunque quizá no lo tengas que imaginar, quizá lo hayas vivido, porque el acoso infantil ha existido siempre, lo que pasa es que antes no teníamos palabras para nombrarlo. Y aquello que no sabes denominar es aún más difícil de asumir. Y de combatir.
Leyendo la primera autobiografía de Nietzsche, De mi vida, escrita a la poco habitual edad de 14 años, encontré este pasaje: “Ya por aquel entonces empezaba a revelarse mi carácter [se refiere a sus siete u ocho años]. En el transcurso de mi corta vida había visto ya mucho dolor y aflicción, y por eso no era tan gracioso y desenvuelto como suelen ser los niños. Mis compañeros de escuela acostumbraban a burlarse de mí a causa de mi seriedad. Pero esto no ocurrió sólo entonces, no, también después, en el instituto, e incluso más tarde, en el Gymnasium”. Acabáramos: ¡de manera que el pobre Nietzsche fue objeto de bullying durante toda su infancia y al menos primera adolescencia! Quizá de ahí surgiera, a modo de defensa y compensación, su megalomanía (escribir a los 14 años que “ya entonces empezaba a revelarse mi carácter” tiene bemoles) y tal vez fuera un ingrediente más, entre muchos otros, en el cóctel que le condujo a la locura.
Lo que quiero decir es que el acoso infantil tiene consecuencias. Deja cicatrices permanentes, a veces mutilaciones, en ocasiones cadáveres. He escrito varias veces sobre el bullying escolar y esos artículos chorrean sangre. Hablé de Jokin, de 14 años, que se arrojó desde un acantilado en Hondarribia, en 2004, tras dos años de tortura sistemática. Y de Carla, también de 14, que en 2013 se tiró por otro acantilado, esta vez en Gijón, porque dos compañeras la maltrataron hasta la muerte por su estrabismo. Y de Arancha, de 16 años, con discapacidad intelectual y motora, que en 2015 se arrojó por el hueco de una escalera de seis pisos, en Madrid, tras sufrir brutales palizas y chantajes por parte de un compañero (ante numerosos testigos que nunca hicieron nada). Y de Diego, de 11, que, también en Madrid y en 2015, saltó por la ventana de una quinta planta. Qué tremenda la metáfora de sus suicidios: esa mentirosa libertad del vuelo final. Hay muchos muertos más. Por mencionar tan sólo 2021, podemos citar a Illán (11 años) y Kira (15).
Los casos fatales son la punta del iceberg. Las víctimas, ya lo he dicho, son muchísimas más: cientos de miles. Unas pocas quizá consigan sacar algo bueno de ese horror (Irene Vallejo ha dicho varias veces que sufrió acoso, y creo que su hermoso libro El infinito en un junco nace en parte de ahí), la mayoría arrastrarán secuelas de diversa gravedad, algunas simplemente no lograrán superarlo. Toda esa angustia nos envenena socialmente. Es demasiado dolor.
Lo peor es que el bullying ha aumentado mucho en la última década (con cierto parón durante la pandemia) y ahora cuenta con el grave añadido del ciberacoso, que te persigue allá por donde vayas (antes el niño o niña maltratado se salvaba en vacaciones; ahora no). Cuando mandes a tu hijo o hija al colegio, ten cuidado e intenta mantenerte al tanto de su vida: puede estar siendo torturado. Pero también puede ser torturador o cómplice. Porque no creo que los verdugos sean muchos, pero los cobardes son legión. Con esos abusos escolares estamos hipotecando el futuro de todos. Lo que hagas y lo que consientas que otros hagan durante tu infancia, el nivel de humillación, injusticia y violencia que aprendas a aceptar, será el modelo de tu vida adulta. Ya va siendo hora de tomarnos en serio esta escuela de depredadores, este sufrimiento. El Mal existe porque lo permitimos.
Rosa Montero, Porque lo permitimos
Reciclaje, ayuntamientos y ratas de basurero
Voy a ganarme a pulso una bronca ecológica, incluida mi guerrera del arco iris particular; pero uno está curtido en broncas, adversidades y otros etcéteras, así que asumo las consecuencias sin complejos. Y es ello que acabo de enterarme de que, en la Comunidad de Madrid -supongo que como en otras comunidades, más o menos-, cuatro de cada diez ciudadanos sacan la basura sin separar los materiales orgánicos de los reciclables. O sea: que para buena parte de los madrileños, y supongo, tirando por elevación, de los españoles en general, la variedad de colores que adorna los cubos de basura -envases, papel, materia orgánica y todo eso- no sirve más que para darle variedad cromática al asunto. 62.532 fotografías de contenedores frente a 13.000 edificios capitalinos, en una inspección que ha costado la respetable cifra de 390.000 mortadelos, permiten llegar a la conclusión de que así están las cosas. Y de que los ciudadanos somos unos desaprensivos que nos pasamos por la bisectriz la ecología y las ordenanzas municipales y de la CEE.
Esto último es muy probable. Sin necesidad de inspecciones y conociendo el percal, esa cifra de que sólo no reciclan cuatro de cada diez pavos y pavas me parece demasiado optimista. Y sorprendente, habida cuenta de dónde estamos, y con quién nos las tenemos, en este bebedero de patos donde todo cristo, desde los ministerios de Sanidad o Fomento hasta la concejalía de ruidos y basuras de San Crescencio del Rebollo, con tal de salir en el telediario, vomitan leyes, normativas, disposiciones y ordenanzas hasta aburrir a las ovejas, sin poner luego, por supuesto, los medios adecuados ni hacer el menor esfuerzo para aplicarlas, o para asegurarse de que se aplican sin picaresca ni golferías. Como dice un compadre mío que es medio franchute y medio alemán: «En Espania tenéis más leies que en toda Eugopa gunta, pego nadie las cumple». Así que permitan que les cuente un caso particular, casi íntimo, después de hacer una confesión melodramática y casi chulesca: yo no reciclo. O, para ser más exactos, llevo algún tiempo sin hacerlo. Y voy a contarles por qué.
Desde hace la tira, en mi casa hay cuatrocientos ochenta y seis cubos de basura con colores distintos, en los que siempre se hizo una minuciosa selección de materiales: envases, plásticos, papel, etc., incluso antes de que el ayuntamiento responsable dispusiera en las proximidades el equivalente en contenedores apropiados. De papel, sobre todo, entre correspondencia, folios y borradores descartados, envoltorios de paquetes de libros, revistas, periódicos, folletos y cosas así, se despachaban cada día muchos kilos debidamente apartados, limpios y listos para reciclar. Y todo ocurrió así, con exactitud prusiana y ejemplar ciudadanía, hasta que hace poco llegó a mi conocimiento que un par de miserables traperos que se dicen libreros o intermediarios tienen puesto a la venta parte de todo eso que, en mi virginal inocencia, envié al reciclaje: páginas de textos con correcciones manuscritas, correspondencia privada y hasta invitaciones a tal o cual acto presidencial, real, ministerial, social o literario; de los que, por cierto, debe de haber tarjetones a cientos, pues nunca voy a ninguno. Al principio, cuando logré cerrar la boca abierta por el asombro y después de estar un rato mirándome en el espejo la cara de gilipollas, pensé echarles encima a los responsables todo el peso de la dura lex, sed lex, ya saben. El juez Garzón y todo eso. Pero luego consideré que en España no merece la pena, de momento, legar pleitos a tus nietos. Así que, hechas mis averiguaciones para reconstruir el proceso, y como a fin de cuentas todo aquel papelorio no era sino basura sin importancia, decidí tomarlo con calma y a la expectativa, cual francotirador paciente detrás de la escopeta, en espera de que se presente la ocasión personal de toparme a una de esas ratas de cloaca e incrustarle los borradores de mis obras completas, previamente bien enrollados y a hostias, en el esófago. En cuanto al ayuntamiento de donde vivo y a la empresa contratada responsable, que defraudando mi buena fe -imagino que no sólo hurgarán en mis papeles, sino también en los de otros vecinos-, son incapaces de garantizar el buen uso de mis desechos domésticos, y con su complicidad pasiva -o activa, cualquiera sabe- permiten que mi vida privada sea puesta en pública almoneda, lo que hago ahora es meter toda la basura bien mezcladita, papeles, fideos, aceite de latas de sardinas, tomates pochos y demás, con las siglas QLRVPM pintadas en las bolsas con rotulador: Que Lo Recicle Vuestra Puta Madre.
Arturo Pérez Reverte
MORIR DE PIE
Dicen los chinos que no. Que anteponen su desarrollo económico a los problemas derivados del cambio climático. Que la erradicación de la pobreza es para ellos más importante que el fin del mundo. Que quieren saber lo que se siente al tener en ca sa una nevera eléctrica o al ir en coche a la oficina, escuchando la radio y metiéndose el dedo en la nariz en los semáforos. Dicen los chinos que el problema al que ahora intentamos hacer frente es el resultado de 200 años de industrialización salvaje por parte de Occidente. Que los países ricos han colocado tradicionalmente las empresas más contaminantes en países pobres y que ahora que le vemos las orejas al lo bo pedimos que se aprieten el cinturón a quienes ni siquiera se lo habían desapretado. Dicen los chinos, en fin, que no cuela.
Y llevan razón, coño. Es como si le pidiéramos al mendigo de la esquina que no se fume las colillas que tiramos por la ventana.
-¿No ve usted que contamina el ambiente?
-¿Y el que se fumó los cigarrillos no contaminaba?
Decía Pasionaria que era preferible morir de pie que vivir de rodillas. Esta mos de acuerdo. Es preferible morir con nevera eléctrica que vivir con una de hielo. Personalmente, sé lo que es una nevera de hielo y lo que es fumarse las colillas del jefe de tu padre. Los que venimos del subdesarrollo comprendemos muy bien lo que dicen los chinos. No estamos completamente de acuerdo con que el mundo se acabe, claro, pero si no encontramos otro mo do de terminar con la injusticia y las desigualdades, quizá no estaría mal que se fuera al carajo. Vamos a decir las cosas como las sentimos: el mundo, pa ra la utilidad que tiene, ha durado mucho, lleva siglos durando al servicio de na da. Cada minuto se muere un niño de sed en África sin que seamos capaces de ponerle remedio, pese a tanto G-8. Pero los chinos han atisbado una posibilidad de desarrollo y dicen con toda la razón que nos den, que ellos tienen tanto derecho a contaminar como cualquiera. Yo, ya digo, los comprendo porque he sido chino gran parte de mi vida. Ya no, ya no soy chino, pero no he podido olvidar las humillaciones de cuando lo era.
Juan José Millás
TEXTO PAU MADRID 2025-2026
En el fragor de la batalla, surgió un término que, en la última década, muchos enarbolan como si fuera sinónimo de innovación, vanguardia y, sobre todo, de ser muy cool, pero que tiene un significado completamente distinto en el diccionario. “Disruptivo”. Según la RAE, “que produce rotura o interrupción brusca”. ¿Una rotura o una interrupción brusca es algo deseable? No lo sabemos, pero sí que el adjetivo suele acompañar a la palabra “tecnología”. Quizá para suavizar la cosa, la Fundación del Español Urgente (Fundéu) ha tenido que añadir que es “un proceso o modo de hacer las cosas que se impone y desbanca a los que venían empleándose”.
(…) Un buen ejemplo de lo que, en la práctica, significa “tecnología disruptiva” es el lema del chico que nunca creció, Mark Zuckerberg: “Muévete rápido y rompe cosas”. Como ha demostrado su compañía Facebook Meta a lo largo de sus veinte años de fulgurante carrera, eso se traduce en sacar productos no seguros al mercado, exponer a millones de personas de carne y hueso a ellos y preocuparse por sus consecuencias después, poniendo sus beneficios por encima de la salud mental y de la vida de la gente. No es el único. Su modus operandi es el habitual en el campo de las innovaciones en inteligencia artificial (IA): tendemos a adoptarlas a toda prisa antes de entender o de prevenir sus efectos secundarios sociales, morales o humanos. (…) Un estudio de Cisco señalaba en 2024 que el 91 por ciento de los equipos de seguridad de las grandes empresas estadounidenses emplean IA generativa, aunque el 70 por ciento de los profesionales no entiendan completamente sus implicaciones. Lo mismo nos pasa a la gente de a pie. Nos hemos metido de cabeza sin tener siquiera tiempo para pensar si era realmente lo que queríamos. (Laura G. de Rivera, Esclavos del algoritmo, 2025)
TEXTO PAU MADRID 2025-2026
Hoy he renunciado a una comida con los amigos. Así lo he pensado: tenía muchas ganas de verlos, pero he renunciado, porque no quería que mi mujer se quedara en casa con los dos críos ella sola. Al final comimos los cuatro juntos. Por la noche, renuncié también a terminar este artículo en hora, y, como en Peter Pan, jugamos a tirarnos tartas de mentirijilla durante la cena.
La bebé se ríe cada vez más. El mayor, cuando ella se ríe mirándonos, no lo soporta. Se pone a dar saltos, nos agarra de la cara para que lo miremos a él, ¡no ha cumplido los cuatro años! Repartiendo el juego entre los niños, el cansancio entre nosotros, me quedé pensando: ¿he renunciado hoy a algo? ¿Me haría esta pregunta si hubiera salido a comer con los amigos, si me hubiera saltado la cena para escribir?
Un tipo de entrevista se hace cada vez más común en los periódicos: es gente rica o famosa que ha cumplido años y piensa que su vida está incompleta. Suelen ser mujeres mayores, a veces hombres, que han buscado toda la vida realizarse y lo han conseguido. Perseguían un prestigio que convertía cada logro en un impulso hacia el siguiente. No renunciaron a nada: renunciaron a mucho.
La ideología es lo que no se ve, lo que está debajo de las piedras. Soporta encima las ideas como un suelo de marisma y debido a sus ondulaciones salen inclinados los principios morales. La ideología dominante del presente consiste en perseguir tus sueños, en cumplir tus metas, en alcanzar la autodeterminación, en ser dueño de uno mismo sin que nadie te ponga freno. (…)
También dice, la ideología, que se puede tener todo sin renunciar a nada: pero el todo al que se refiere la ideología es un todo sin los otros, un todo independiente, autodeterminado, es decir: relativo como mínimo, si partimos de la base de que a todos nos han construido otros.
(Juan Soto Ivars, “¿Renuncias a tener pareja e hijos para tener trabajo y Netflix?”, El Confidencial, 21/09/202)
TEXTO PAU MADRID 2024-2025
Quien no perciba lo más sencillo, tampoco sentirá lo más hondo. Paralelamente, una cultura alejada de la sencillez es también una cultura alejada de la profundidad. Esto es lo que, de manera creciente, le ocurre a la nuestra. ¿Estará la civilización del progreso y del éxito científico desorientada como cultura de la vida? ¿Serán el consumismo exasperado, el malestar contenido y la violencia, por lo menos en parte, síntomas de tamaña desorientación? Hay un avance de lo abstracto que vacía y enajena la vida. Quizá se acerque el día en que, debido a tal enajenación, el malestar será ya insoportable y se necesitarán toneladas de droga y de distracción para mantenernos constantemente aturdidos.
La cultura que todo lo reduce a hechos y a datos es una cultura miope y, por eso mismo, decadente. Porque conviene saber que la decadencia de una cultura no se debe tanto a la poca destreza para enfrentarse a la dificultad y los asuntos más abstrusos, como a su desconexión de lo sencillo. Cúmulos de complejidades artificiosas, pero alejamiento de lo simple y de lo profundo. Encontramos sencillez poética en el trabajo bien hecho, en el gesto antiguo de cada uno de los oficios. Encontramos sencillez poética en el uso de las palabras en el habla coloquial. Encontramos sencillez poética en la comprensión normal y sensata de las cosas, y en las definiciones de siempre. A los actuales alumnos universitarios les sorprende, por ejemplo, lo que se encuentran cuando se les invita a buscar en el diccionario el adjetivo verde. La primera acepción dice así: ‘De color semejante al de la hierba fresca’. Y no es ninguna metáfora. Casi nadie se la esperaba, cuando, sin embargo, es la definición más sencilla, la más evidente, y la más esencial. Del color de la hierba fresca: la simplicidad de una de tantas definiciones de diccionario se convierte inesperadamente en dulzura para los oídos y en música para el alma. Tal vez alguien, ya extraviado, crea que se trata de una definición poco científica; sin darse cuenta, engrosa las filas del desconcierto actual. Cualquier definición «científica» será secundaria respecto a la primera aproximación experiencial al mundo de la vida, consistente en señalar lo que se ve o en expresar lo que se vive. A menudo da la impresión de que algunos autores de libros de bachillerato o de manuales universitarios relacionados con las nuevas disciplinas presuntamente científicas (ciencias empresariales y económicas, ciencias sociales y políticas, ciencias de la educación y del aprendizaje, ciencias de la comunicación…) no es ya que hayan perdido la inspiración, sino la cabeza, porque el conocimiento mal digerido les ha ofuscado el acceso primordial al sentido de las cosas. No dejan de proponer definiciones con aire de cientificidad en lugar de mantener la comprensión elemental. Han desconectado de la base y pululan dentro del limbo de la confusión, cuyas dimensiones contribuyen a agrandar incorporando a los jóvenes recién llegados. Desolador.
La desconexión de lo sencillo es desconexión de la génesis…
(Josep Maria Esquirol, La penúltima bondad, 2018)
TEXTO PAU MADRID 2023-2024
Quien lo vivió, lo sabe. El temblor del teléfono que rompe el sueño en la madrugada. Esa angustia muda en la sala de espera del hospital, donde callamos con un silencio roído por los miedos. Un accidente, un duelo, un diagnóstico, un despido, una soga económica, la asfixia repentina. Hay instantes sin retorno, sacudidas que nos arrojan en mil pedazos contra el suelo.
Nuestras caídas y alas rotas nos convierten en herederos de Ícaro. Se cuenta que Dédalo, arquitecto ateniense, fue encarcelado con su hijo Ícaro en el famoso laberinto de Creta que él mismo había construido. Afligido, el padre observaba a los pájaros surcar libres el cielo sin muros. Así ideó unas alas de cera y plumas que, mediante un arnés, permitían huir como las aves. Su hijo se elevó cada vez más alto, en atrevido vuelo. Entonces el sol empezó a derretir la cera y las alas se deshicieron suavemente, pluma a pluma, hasta dejar al joven, como en una escena de dibujos animados, agitando los brazos desnudos en el aire. Cayó en picado y las aguas azules lo engulleron.
La vida es vaivén, hay que convivir con los altibajos: nos fabricamos alas –ilusos–, creemos volar, pero la adversidad nos despeña. Las consignas que escuchamos a diario –decide tu suerte, el éxito depende solo de ti– intentan embridar el miedo con promesas de poder, pero no somos dueños del futuro ni capitanas de nuestro destino. Quienes llaman oportunidades a las crisis terminan por acusar a los desvalidos de su naufragio. No se puede estar totalmente a salvo, menos aún cuando la incertidumbre, la oscuridad y las dificultades se precipitan sobre nosotros. (Irene Vallejo, “Alas de cera”, EL PAÍS SEMANAL, 02/10/2022)
TEXTO PAU MADRID 2022-2023
No hay alegría en ese bote de garbanzos rescatado del fondo del armario, cuando estaba a punto de caducar. “Os he salvado la vida”, les digo telepáticamente, porque hay más gente en la cocina, “ojalá a mí me hubieran cocinado antes de que se cumpliera la caducidad en la que me hallo”. Conviene lavar los garbanzos de bote por el problema de los conservantes. Luego, yo dejo que se tuesten un poco en la sartén antes de mezclarlos con el sofrito porque me gusta que crujan al masticarlos. Prefiero los alimentos que oponen alguna resistencia a la masticación, de ahí que aborrezca los postres blandos.
Mientras cocino, atraviesan mi cabeza ideas bobas que desaparecen, como estrellas fugaces o como meteoritos, antes de dejar paso a otras igual de inconsistentes. Me viene, por ejemplo, a la memoria el número de teléfono de casa de mis padres, que murieron hace mil años. A veces dejo lo que estoy haciendo y les llamo e imagino a mi madre secándose las manos en un paño de cocina para ir a cogerlo. “Soy yo”, le decía, como si pudiera identificarme diciéndole “soy otro”. Ella aseguraba que estaba a punto de llamarme.
“Telepatía”, concluía yo y nos quedábamos callados porque teníamos dificultades para hablar, para hablarnos. Mi madre se escandalizaría si viera estos garbanzos de bote, pues les tenía miedo a las conservas.
Para ella, abrir una lata de sardinas era como abrir una tumba. Imagino entonces un mundo de gigantes que hicieran humanos en conserva y me veo a mí mismo en el interior de una de esas latas, perfectamente alineado junto con otros congéneres (quizá mi padre, mis hermanos), todos en aceite o en escabeche. No había alegría en el bote de garbanzos a punto de caducar, pero nos los hemos tomado con una botella de vino y nos han sabido bien. Ahora le estoy momentáneamente agradecido a la existencia.
(Juan José Millás, “Una tumba”, EL PAÍS, 15/10/2021)
TEXTO PAU MADRID 2021-2022
Recuerdo bien a ese alumno que tuve hace una década; me contó que había sido un directivo de agenda colapsada, pero que la vida lo paralizó con un ictus como infausto regalo a los cuarenta. Al año siguiente de la tragedia, tartamudo y verbalmente desarmado, estaba dándose una nueva oportunidad en un aula de la Facultad de Filología, estudiando entre compañeros de mesa que no sobrepasaban la gozosa juventud de los veinte años. Al terminar la época de los exámenes y viendo llorar a una compañera por una nota, me dijo: “Cuando los veo llorar por un examen, siento envidia de sus lágrimas”.
El pecado de la envidia está muy mal visto y hay consenso teológico y social en que perjudica a quien lo padece.
No obstante, es más absoluto en su definición teórica que en su plasmación real. La Edad Media alternaba envidia con invidia, una palabra que se acercaba bastante al aspecto del étimo (in-videre: mirar con malos ojos); los hablantes fueron paulatinamente poniendo la palabra a jugar con todo tipo de matices, refinaron las formas de mala mirada que acarrea la envidia. Idearon la forma de nombrar a la envidia sin bilis, esa que llamamos “envidia sana” y que nuestros antepasados, más píos, denominaban “envidia santa” buscando como nosotros un modo de blanquear la oscuridad del sentimiento. La envidia entró en expresiones hechas como comerse o estar verde de envidia y generó numerosos refranes; de hecho, hoy, cuando ya hemos olvidado qué era la tiña, sabemos que esta enfermedad existió precisamente porque la hemos ligado a la envidia. Incluso se ha adoptado la palabra alemana Schadenfreude para designar con sentido técnico el malicioso placer que podemos sentir ante el mal ajeno.
Sí, pocos pecados han sido lingüísticamente tan productivos como este. Sin embargo, tanta variedad léxica no me ofrece una etiqueta que colgar a la envidia que siento ahora, que podría llamar “retroenvidia”, porque se proyecta sobre mí misma en mi tiempo pasado más inmediato y lo codicia, como el nublado al celeste del que proviene. Yo miro al mes de febrero de 2020 con los ojos entornados de retroenvidia por su normalidad sin pandemia: no puedo pensar en ese tiempo tan cercano sin que sea iluminado por el oscuro rayo de este pecado. Y esa es una penitencia añadida a mi nueva normalidad.
(Lola Pons Rodríguez, “La envidia”, EL PAÍS, 19/08/2020)
TEXTO PAU MADRID 2021-2022
En una época anterior en que “mi mundo” se disgregaba (se iba a la mierda directamente), hallé cierto consuelo en estudiar la historia cultural de la melancolía. Leí todo lo que caía en mis manos, ensayos clásicos y modernos, investigué para conocerme a mí misma.
Aunque habitualmente se usa como sinónimo de tristeza o depresión, lo cierto es que es mucho más que una afección del alma o la psique: la melancolía es un concepto vertebrador de épocas enteras y motor de creación, mucho más de lo que se imagina.
He afirmado entonces y ahora que es, más allá de un síntoma de carácter, una forma de conocimiento del mundo, un visaje del pensamiento: el melancólico, la melancólica, no son seres oscuros abismados u obsesionados con la muerte. Antes, es alguien que conoce profundamente la impotencia del ser humano y el desastre que lo circunda, y aun así insiste en confiar en el futuro; a pesar de tener todas las señales en contra, a pesar de la deriva autodestructiva y a pesar de sí mismo. Hay ejemplos de guerrilleros melancólicos y de luchadoras melancólicas que fueron, en esencia, seres divididos entre la derrota anticipada y la necesidad de sentir agarre en este mundo.
Agarre. El melancólico lleva dentro una ausencia. La condición melancólica es la experiencia del agujero metafísico del que brota la tristeza. Lo que anhelamos es eliminar ese hueco que sentimos entre nosotros y las cosas, hacer patente esa vinculación necesaria para respirar y vivir entre nuestros semejantes. Perseguimos aferrarnos a esa interconexión, mantenernos atados al mundo y sus batallas, para no soltarnos en el espacio frío que es la existencia. Ese agujero, esa distancia, se intenta llenar con mil estrategias: solidaridad, ideales, justicia (o hambre de la misma) y nunca se consigue del todo, pero se insiste. Si algo es el melancólico es un tozudo. Mi melancolía favorita está hecha de ese impulso, nacido en el mismo centro del pecho, por acortar la distancia (y el dolor que produce) y comprometerse con el prójimo.
Prójimo es una palabra bella: similar a vecino, cercano, semejante. Cuando el confinamiento nos impuso esta otra distancia, pensé mucho en esta palabra. “Prójimo” como “cualquiera que se me parece”. Como cualquiera que puede ser infectado. Ellos, yo, no hay distancia para ese pedacito de proteína que nos enferma. Confiar en el prójimo. Cuidar del prójimo. La pandemia podría haber puesto de relieve algo así de evidente, y por un tiempo existió la oportunidad. Pero, a siete meses, muchas de las respuestas políticas y sociales han consistido en lo contrario: desvincularnos.
(Carolina León, “Elegía de los comeflores melancólicos”, ELSALTODIARIO.COM, 22/10/2020)
TEXTO PAU MADRID 2020-20221
Estamos tan acostumbrados a pensar en la evolución como un proceso sosegado y cachazudo, que solo a base de tiempos interminables consigue paso a paso adaptar a las especies al cambio de los entornos, que por supuesto es igual de lento que sus respuestas biológicas. Pero las cosas no siempre funcionan así. Tomemos la mosca Rhagoletis pomonella, que infecta a los majuelos, o espinos albares. A mediados del siglo XIX, un grupo de Rhagoletis se aburrió de los majuelos americanos y, de alguna manera, se pasó a los manzanos que habían llevado allí los colonos europeos. Su fisiología se transformó para adaptarse a comer manzanas y hasta aceleró su crecimiento para estar maduro en la época del año en que los manzanos fructifican.
Lo más extraordinario, con todo, es que las mutaciones que permitieron esa adaptación a Rhagoletis se habían generado un millón de años antes por un cruce con otra especie de mosca. De nuevo, vigor híbrido. Incluso las tortugas y pinzones de las islas Galápagos que inspiraron a Darwin su teoría de la selección natural han evolucionado y generado nuevas especies adaptadas a cada isla, mediante la hibridación entre especies distintas, según ha descubierto la investigación reciente. Quizás la más espectacular maquinaria evolutiva de nuestro tiempo sean los cíclidos, unos peces óseos de agua dulce que se han diversificado en varios miles de especies en los grandes lagos de África, como la comestible tilapia y el alud de peces de colores que pueblan los acuarios de los aficionados. La hibridación entre especies tiene también aquí un papel protagonista.
La evolución humana tiene toda la pinta de haber seguido pautas similares. Las únicas tres especies humanas cuyo genoma tenemos secuenciado (sapiens, neandertales y denisovanos) muestran evidencias indiscutibles de hibridación: entre neandertales y denisovanos, y entre cualquiera de ellos y nosotros. Hay indicios de que algunos de estos cruces ayudaron a nuestra especie, los sapiens recién salidos de África hace 50.000 años, a adaptarse a entornos que no habían conocido nunca, como los hielos de las estepas siberianas o las alturas anóxicas del Tíbet. Y eso no se acabó ahí, ni mucho menos. La historia de la humanidad es una narración de migraciones e hibridaciones, no esta vez entre especies, sino entre poblaciones que hasta entonces habían permanecido aisladas entre sí. Las razas puras no existen más que en la mente de los lunáticos. Aunque es cierto, desde luego, que la mente de un lunático puede ser más dañina que una bomba de hidrógeno.
(Javier Sampedro, “Vigor híbrido”, EL PAÍS, 19/09/2019)
TEXTO PAU MADRID 2020-20221
Después de 27 años en estado vegetativo provocado por un accidente de automóvil, una emiratí internada en un hospital de Alemania ha despertado, según explicaban en el blog Mundo global (perdón por la redundancia). Al parecer, Munira Abdullá, de 32 años en el momento del accidente, protegió con su cuerpo a su hijo Omar, entonces de cuatro años, de la violencia del impacto. Relata la noticia que hace poco Omar –31 años ahora– se había quedado dormido y que le despertó alguien que le llamaba. Era Munira. No sabemos cuáles fueron sus primeras palabras, pero tratándose de una madre hay varias variantes: “Pero … ¿qué te has hecho en el pelo?”, o el clásico “Tráeme ese chisme que está ahí”. Y si al pobre Omar se le hubiera ocurrido preguntar “¿Qué chisme y dónde?”, la respuesta habría sido automática: “Pues ahí, ¿es que me tengo que ocupar de todo? Cualquier día cojo la puerta y os apañáis solos”.
El caso es que Munira ha despertado en un mundo muy diferente al suyo el día del accidente. No se trata solo de que todavía exista la Unión Soviética, que no habían sucedido las primaveras árabes, o que el terrorismo global era algo más propio de los relatos de ciencia ficción que de los telediarios. Y del concepto ‘cambio climático’, ni noticia. Las Torres Gemelas seguían en su lugar; los periódicos de papel, en los quioscos, y los mapas de carreteras, en las guanteras de los coches.
Pero el verdadero cambio no está tanto en las cosas o los sucesos como en las cabezas de quienes las utilizamos o los interpretamos. Por ejemplo, explicar qué es un like a alguien que ha estado fuera del mundo –para Munira, “síndrome de conciencia mínima”– es muy sencillo. Pero que su ausencia puede generar auténticas depresiones, o su presencia dopamina a chorros, es más difícil de asumir.
Dicen que para cocer una rana viva –este experimento no es para casa– no hay que poner agua a hervir y luego echar al animal. Saltará. Es más efectivo poner la rana en agua fría y empezar a calentar Parece ser que la rana ni se entera. Tal vez, Munira observe que algo parecido nos ha pasado. Que nos hemos sometido a esclavitudes, miedos y ansiedades a partir de objetos y tecnologías que en teoría debían ayudarnos a alejarlos. Que además el mundo se está cociendo. Que el agua hierve y no nos hemos enterado.
(Jorge Marirrodriga, “Cuando despertó, el mundo se estaba cociendo”, EL PAÍS, 30/04/2019)
TEXTO PAU MADRID 2019-2020
Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo un lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, la creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámite, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador. La única seña está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados se vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan. Antes que nadar, comer, dormir o cualquier otro placer parecido, los conversadores prefieren intercambiar palabras. Tal vez porque los besos están emparentados con las palabras, y el amor puede ser una conversación perfecta. De ahí que los conversadores tiendan a enamoradizos. Como tienden también a cantar cuando están solos o a colgarse del teléfono a propósito de casi cualquier cosa. El reloj es su enemigo más acérrimo y no lo pueden remediar, saludan a desconocidos en el mercado o en la calle y tienden a dar consejos a quien no se los pide. Cuando sienten que el día no les rindió, que algo le falta al mundo para poder cerrarse sobre su almohada, se prenden de un libro o de una película de esas en que no importa lo que pase, con tal de que importe lo que se diga. (Ángeles Mastretta, “Los conversadores” en El mundo iluminado, 1999)
TEXTO PAU MADRID 2019-2020
Hay que apoyar a los libreros, nos dicen, y eso es absolutamente cierto. Las librerías se han convertido en trincheras, baluartes de un antiguo negocio que hoy es algo más, un símbolo de la cultura tal y como la hemos conocido hasta ahora. Sus dueños se han convertido en animadores, agitadores de la literatura, y sus vidas han cambiado tanto como las nuestras. Ahora cuentan cuentos, dibujan murales, dominan las redes sociales, hacen magdalenas en el horno de la cocina de su casa para invitar a sus clientes y hasta cantan si hace falta. Todo por los lectores, esa casta heroica que resiste a viento y marea en territorio hostil.
Hace un siglo, la literatura era la única puerta hacia lo maravilloso que estaba a disposición de un porcentaje importante de la población. Actualmente, cualquiera tiene en su casa seis o siete puertas gratuitas y a todo color, que no requieren más esfuerzo que sentarse en un sofá y apretar un botón. No piden mucho, tampoco lo dan, y sin embargo es tan fácil usarlas que la imagen de cualquier persona que empuja la puerta de una librería, solo o en compañía, para pasar media hora mirando las portadas de los libros que reposan sobre las mesas, leyendo las contraportadas, mirando las solapas, tomándolos entre las manos para calibrar su peso, su espesura, su olor, escogiendo al fin el que va a llevarse a casa para sumergirse inmediatamente en sus páginas, es una de las imágenes más conmovedoras que hoy existen.
Los escritores, los libros, las librerías no existirían sin lectores. Lo sé, y me alegro infinitamente de encontrarme con ellos. La emoción de mirarlos a los ojos, de uno en uno, compensa las habitaciones de hotel, los madrugones, los paseos a medianoche por aeropuertos inhóspitos en pos del último vuelo, que siempre se retrasa y siempre es el que estoy esperando. Tú no me conoces, me dicen de vez en cuando al acercarse a la mesa, pero yo a ti sí, te conozco muy bien, y llevan razón. Entonces recuerdo a todos los escritores a quienes yo conocí cuando era una simple lectora, aquellos a quienes miraba de lejos en las Ferias del Libro de mi juventud, y comprendo que soy una mujer muy afortunada, que tengo mucha suerte, muchos motivos para estar agradecida a mi vida y a la de todos los hombres, todas las mujeres que leen mis libros. (Almudena Grandes, “Vivo en la carretera” en EL PAÍS SEMANAL, 15/10/2017)
TEXTO PAU CANTABRIA 2025 ORD
Lecciones de odio
No, si al final va a ser cierto que el odio se ha convertido en uno de los signos definitorios de nuestro tiempo. Me lo hicieron catar a menudo por los días en que anduve encenagado en las redes sociales. Aventurabas una opinión, cometías la imprudencia de publicar una chanza, elogiabas el silencio de los búhos, y al rato se te colaba en la mañana el consabido seudónimo deseoso de obtener satisfacción maligna. El odio, como la democracia, como el ajedrez o la viticultura, es una creación humana. Se trata de una creación sucia de la que no se suele alardear. Incluso hay quien se pronuncia contra los discursos del odio y luego se dedica a odiar a diestro y siniestro. A mí no me consta que la araña odie a la mosca ni la hiena a la gacela. Sí, hay fiereza, colmillos, veneno o instinto territorial (los hipopótamos constituyen una especie bastante nacionalista), pero a uno el armamento animal le parece más bien encaminado a asegurar la procreación y la comida. No consta en los tratados de biología que el tigre salga a cazar porque sienta amenazada su identidad o su estructura como sujeto, que es, según los expertos, el principio activador del odio.
Carlos Castilla del Pino, que estudió a fondo los entresijos del comportamiento humano, afirmaba que el odio es incompatible con la felicidad. El odio es propio de insatisfechos. Como el amor con su objeto, el odio vincula estrechamente al odiador con el suyo, aunque sólo sea por las ganas intensas de destruirlo. Lo lleva a todas partes, duerme con él, sueña con su dolor, su infortunio y su aniquilamiento, sin que la muerte del odiado le garantice el fin de su quemazón interna. Es común odiar a quien no se conoce en persona o vive lejos. Castilla del Pino agrega que “odiar es odiarse”. Sospecho que nuestra época se siente a disgusto consigo misma y no poca gente llena el día dando o recibiendo lecciones de odio.
Fernando Aramburu, El País, 17/09/2024
TEXTO PAU CANTABRIA 2025 EXTRA
“Zoocosis”
He comenzado el año caminando como si me persiguieran, mi medidor de muñeca dice que llevo una media de 17.000 pasos al día desde que empezó 2025. Recorro el Cubo de la Galga de La Palma, en uno de los pocos bosques de laurisilva del planeta, y termino tan cansada y satisfecha que no quiero volver a sentarme ocho o diez horas al día delante de un ordenador. Aunque delante de una pantalla el cuerpo se mantiene quieto, la mente va acelerada, creando el sinsentido de combinar un esqueleto inmóvil con un cerebro revolucionado. Siento que mi paseo en este bosque es lo contrario. Las piernas se mueven y los pensamientos se van calmando.
Hace poco conocí el término zoocosis. Usado sobre todo desde posiciones en defensa de los animales, la palabra es otra forma de describir los comportamientos aberrantes y estereotípicos que pueden desarrollar los animales en cautividad. Aburridos y estresados, intentan aliviar su malestar con movimientos compulsivos. Son, por ejemplo, los perros que no dejan de lamerse las patas hasta provocarse heridas, los chimpancés que se arrancan el pelo, los elefantes que mueven la cabeza constantemente, los felinos que no paran de dar vueltas.
La pregunta que sigue es si los humanos estamos enfermos de zoocosis también, neuróticos perdidos de pura cautividad. Pienso en mi bucle favorito: entrar en X, cerrar X, abrir Instagram, cerrar Instagram, buscar algo en Google, olvidar que acabo de mirar X, volver a empezar. Ni siquiera me interesan mucho las redes últimamente, pero mis pulgares entran en ellas solos, casi por memoria muscular.
Las plataformas aprovechan estas inercias, por eso los filtros que vemos por defecto suelen ser los algorítmicos. Cambiar de pestaña y navegar de forma consciente y deliberada supondría activar la parte racional de la mente, demasiado agotada para salirse de la rutina neuronal donde nos mantenemos por defecto.
La siguiente pregunta es a quiénes beneficia que nos movamos en círculos como ratones enjaulados entretenidos por falsos señuelos. No somos capaces de abandonar X y cortar con el influjo venenoso de Elon Musk. Tampoco estamos cerrando Facebook o Instagram ahora que Mark Zuckerberg ha anunciado que va a moderar menos aún unos contenidos ya indecentes. Esta nueva Guerra Fría no es digital, tan solo comenzó en el medio digital. Dan ganas de abrir la jaula, lanzar una dentellada a nuestros secuestradores y caminar hacia la laurisilva, si es que recordamos cómo hacerlo.
Delia Rodríguez, adaptado de El País, 09/01/2025
TEXTO PAU CANTABRIA 2024 ORD
Solo es un dibujo
La portada del libro de la discordia tiene el rostro nacarado de una cría que podría pasar por mujer, pero no está claro. Este bellísimo personaje es Juana de Arco, la protagonista de la novela que ha publicado Katherine J. Chen y que ha provocado que varias librerías españolas se nieguen a su venta. ¿La razón? La denuncia de un ilustrador de que esa portada está creada con Inteligencia Artificial (IA) al señalar ocho errores que evidencian que detrás del trazo no hay una mano humana, sino tecnología.
En un enésimo intento por defender lo insustituible de nuestra especie, esa capacidad para el pensamiento abstracto, la creación y el mero gusto por generar belleza que nos sacó de las cavernas, la evolución se enfrenta de nuevo a la ética. Sabemos qué pensaban los obreros que vieron desaparecer sus puestos de trabajo frente a las máquinas en la revolución industrial, ¿pero acaso nos asomamos al mismo debate o se trata de algo distinto? Nos estamos jugando no solo la sustitución de la mano de obra, sino la sustitución de lo humano que hay en nosotros.
La IA es una tecnología que imita la inteligencia humana, y por tanto, bien usada, la potencia y multiplica su capacidad de alcance. Aplicada a la medicina, la industria, la educación o la alimentación, sus bondades pueden llegar a ser incuestionables; de hecho, ya se han desarrollado aplicaciones que podrían detectar tumores de mama en su fase más temprana. Hay luz, mucha luz en el conocimiento que hemos acumulado en la red y sus posibles usos, pero como en todo gran salto tecnológico hay también una sombra que puede engullir todo lo bueno: nuestra capacidad de creación, la chispa que iluminó nuestra evolución como especie.
Hemos visto cómo ChatGPT puede reproducir textos y hacerlos pasar por válidos, pero ¿será capaz de vincular mis certezas con la actualidad para crear un texto que nos haga pensar sobre la opinión que tenemos cada uno en este embrollo? El problema no es que una máquina lo haga, sino en qué sociedad nos convertimos si lo que nos hace únicos se vuelve prescindible, sustituible, intercambiable. La evolución humana se sostiene sobre clavos que quitan otros clavos, pero estaría bien apuntalar los pilares que nos resguardan.
Marta San Miguel, adaptado de El Correo, 05/02/2024