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Juguetes con etiqueta invisible
A primera vista, una tienda de juguetes parece un espacio lleno de posibilidades. Hay construcciones, muñecos, vehículos, juegos científicos, cocinitas, disfraces y todo tipo de objetos pensados para entretener. Sin embargo, basta observar durante unos minutos cómo se presentan muchos de esos productos para descubrir que no todos parecen dirigirse a cualquier niño. Los colores, las imágenes del embalaje, los mensajes publicitarios e incluso la colocación en las estanterías continúan sugiriendo, en numerosos casos, que existen juguetes apropiados para niños y otros reservados para niñas.
Las diferencias no siempre se expresan de manera explícita. Ya no es habitual encontrar carteles que indiquen claramente «para niños» o «para niñas», pero la separación aparece de formas más discretas. En algunos envases predominan tonos oscuros, escenas de velocidad, competición, exploración o combate; en otros abundan colores suaves, personajes relacionados con el cuidado, la belleza o las tareas domésticas. También cambia el lenguaje: mientras unos juguetes invitan a construir, descubrir, dirigir o superar retos, otros destacan acciones como cuidar, decorar, vestir o atender. De esta manera, el propio producto puede transmitir expectativas distintas sobre lo que se espera de unos y de otras.
El problema no está en que una niña quiera jugar con una muñeca ni en que un niño disfrute con un coche. La dificultad aparece cuando esas elecciones dejan de ser realmente libres porque el entorno ofrece desde muy temprano modelos diferentes para cada género. El juego constituye una de las primeras formas de aprendizaje: mediante él, los menores imitan conductas, ensayan habilidades, desarrollan la imaginación y construyen una imagen de sí mismos. Por ello, limitar determinados juegos a un solo grupo puede reducir también las experiencias que niños y niñas tienen la oportunidad de explorar. Un juego de construcción puede favorecer la orientación espacial y la resolución de problemas; cuidar una muñeca puede desarrollar la empatía y la responsabilidad; los disfraces estimulan la creatividad y los juegos colectivos enseñan a negociar y cooperar. Ninguna de estas capacidades pertenece exclusivamente a un género.
La publicidad tiene una influencia importante en este proceso, aunque no sea la única responsable. Los anuncios, los catálogos y las redes sociales muestran continuamente modelos de comportamiento que los menores aprenden a reconocer. Cuando casi siempre aparecen niños manejando vehículos, robots o juegos de acción y niñas cuidando bebés o utilizando productos relacionados con la estética, se refuerza la idea de que determinadas actividades corresponden naturalmente a unos u otras. A ello se suman, además, las elecciones de los adultos, que a veces compran un juguete pensando más en lo que consideran adecuado que en los intereses reales del menor.
En los últimos años se han producido algunos cambios. Es más frecuente encontrar campañas en las que niños y niñas comparten los mismos juegos, y muchas familias y centros educativos prestan mayor atención a estos estereotipos. Sin embargo, modificar una costumbre tan arraigada exige algo más que cambiar los colores de un catálogo. La cuestión fundamental consiste en ampliar las posibilidades de elección. Un juguete debería valorarse por la diversión, el aprendizaje o la creatividad que proporciona, no por el género de quien va a utilizarlo. Permitir que cada niño explore sus intereses sin etiquetas puede parecer un cambio pequeño, pero contribuye a construir una sociedad en la que las aficiones, las capacidades y las aspiraciones no estén decididas de antemano.
Ortografía francesa - PAU 2011 ORDINARIA
En Francia en 2011 sonaron las alarmas ortográficas. Varias facultades y escuelas universitarias decidieron implantar ese curso unas pruebas de ortografía que todos los estudiantes debían superar si querían obtener el título. 18 universidades incorporaron asimismo a los currículos de los distintos grados una asignatura obligatoria de Lengua destinada al alumnado que ingresa en sus aulas, pues comprobaron que las carencias en el conocimiento de las normas lingüísticas dificultaban notablemente el aprendizaje de las otras materias.
Pero, claro, esto pasa en un país preocupado por su cultura. Uno se pregunta si aquí seríamos capaces de tomar una decisión semejante. Cualquier alumno de bachiller francés es un Balzac al lado de su equivalente español. Ha leído a los clásicos, ha producido cientos de composiciones escritas y ha pasado exigentes controles de redacción. En el “currículum vital” de los aspirantes a empleo ya es habitual adjuntar el llamado “certificado Voltaire” que acredita el nivel de competencia ortográfica y gramatical del aspirante.
Nosotros nos contentamos con quejarnos de lo mal que escriben estos chicos, intoxicados por el vertido tóxico de los WhatsApps que tanto daño están causando al correcto idioma, al parecer. Los mensajes telefónicos se han convertido en el chivo expiatorio de nuestros males, en la explicación única de un neoanalfabetismo que hunde sus raíces en otras causas. Los jóvenes -y gran parte de los adultos, entre los que no se excluyen muchos profesores de educación superior- escriben mal porque leen poco o nada, porque han perdido el respeto a un idioma maltratado en la radio, la televisión y la Red, porque no perciben a su alrededor el menor respeto por la palabra.
Hace quince o veinte lustros, el niño que pretendía entrar en los institutos públicos para hacer aquel bachillerato pasaba una prueba de dictado. No podía cometer más de tres faltas de ortografía en un texto con palabras del nivel de «herméticamente» o «convulso», que un servidor recuerda bien porque le visitaron en sus pesadillas de los 9 años hasta que comprobó que había acertado. Hoy un doctorando se queda como si tal cosa después de haber escrito «haber» en vez de «a ver» y «enrroyar» en lugar de «enrollar». Y no suenan las alarmas. Pero, claro, Francia está más al norte, Pirineos arriba.
JOSÉ MARÍA ROMERA
El pensamiento en “pack” - PAU 2011 EXTRAORDINARIA
Vivimos unos tiempos en los que parece que lo que impera es el pensamiento en pack. Si soy de izquierdas, tengo que estar, necesariamente, a favor del aborto, de la ley de memoria histórica, de la retirada de los crucifijos de las escuelas, de la causa saharaui, de la legalización de los inmigrantes y de la prohibición de la fiesta de los toros. Si soy de derechas, además de estar en contra de todo lo que acabo de mencionar, he de apoyar a muerte a los internautas que abogan por las descargas ilegales y estar a favor de endurecer las penas para menores que cometan delitos, por ejemplo. ¿Por qué? ¿No puedo acaso ser de izquierdas y amar la fiesta de los toros? ¿No es compatible ser progre y a la vez estar en contra del aborto? ¿Y que tiene de raro estar de acuerdo con la legalización de los inmigrantes, pero no con la ley de la memoria histórica?
Lo más peligroso de esta actitud, a mi modo de ver, es el efecto que pueda tener en los jóvenes. Porque el pensamiento en pack no permite el sano intercambio de ideas, tampoco la posibilidad de decir: ”Yo estoy de acuerdo con esto, pero no con lo otro”. Formarse es aprender a tener criterio, es tener dudas y no certezas. Porque la duda es más fecunda que la certeza. Y, además, ¿certeza de qué o de quiénes? ¿Por qué tengo que abrazar la fe monolítica de otro? ¿No es mucho más lógico que cada uno tome de una idea lo que le parece razonable y rechace lo que no?
Es como la peste de lo políticamente correcto que vino a sustituir a la tan denostada censura y resulta mucho más amordazadora que aquélla. Porque contra la censura estaba bien visto rebelarse, puesto que venía impuesta desde fuera, pero la corrección política no es otra cosa que autocensura. Miedo a decir lo que uno piensa y a no estar en sintonía con la “moral” al uso, cuando a veces esa moral es completamente estúpida y pseudoprogre. “Pienso, luego existo”, decía René Descartes, y la frase es tan tópica que de tanto repetirla parece que ya no dice nada.
Y, sin embargo, de eso se trata: de pensar, de no dar por cierto nada de lo que nos dicen. Que sólo los tontos leen a sus iguales para que los reafirmen en lo que ya piensan de antemano. Que es mucho más fructífero tener, como quien dice, un self service de ideas y tomar de cada uno lo que nos resulte más interesante o inspirador.
CARMEN POSADAS
Don Quijote era un friki - PAU 2013 EXTRAORDINARIA
El lenguaje futbolístico fue pionero, con el penalti, el córner y el orsai. Luego vinieron el sándwich, el sidecar y el parking. En los años ochenta del siglo XX se empezó a decir que había overbooking cuando un lugar estaba lleno de gente y que alguien estaba missing si no se sabía dónde estaba. Hace mucho tiempo que el castellano toma prestadas palabras del inglés, pero ha sido en la última década -coincidiendo con el desarrollo de Internet, el aumento de los viajes al extranjero y la televisión por satélite- cuando la importación de vocablos de ese idioma ha crecido exponencialmente, sobre todo entre los jóvenes.
¿Por qué nos parece que todo suena mejor en inglés? ¿Necesita un idioma como el castellano, enriquecido por el paso de los siglos, beber de otras fuentes para ser más preciso, más hermoso o más divertido? Dejar caer una palabra en inglés aquí y allá nos da un aire cosmopolita.
El escritor Antonio Muñoz Molina cree que detrás de este fenómeno hay “una mezcla de pedantería, afán de estar a la moda y complejo de inferioridad cultural”, pero matiza que no conviene ser excesivamente purista con la limpieza del idioma. “Algunas palabras no hay más remedio que usarlas, y no pasa nada por decir software o email”, dice el autor de La noche de los tiempos.
En muchas ocasiones, la adopción de una palabra inglesa trae consigo curiosas mutaciones. Vocablos como friki (freaky, en inglés) pasan de ser un adjetivo en su idioma original a ser un sustantivo en español, utilizado para señalar a una “persona pintoresca y extravagante”, según una de las definiciones incluidas hace apenas unos días por la RAE a la versión digital de su diccionario. “Ese tío es un friki”, se dice.
El uso de palabras inglesas es cada vez más frecuente en la calle, pero también en los medios de comunicación. ¿Qué pueden hacer los medios de comunicación para parar esta invasión y preservar el idioma? Muñoz Molina recomienda algo sencillo: “Poner cuidado. Editar. Corregir. Tratar el oficio de la traducción con el respeto que merece. Y comprobar nombres y palabras extranjeros, no solo en inglés, antes de publicarlos”. ¿Acabaremos todos —españoles, franceses, italianos, rusos…— hablando un híbrido de nuestros respectivos idiomas y el inglés?
Juan Pedro Velázquez-Gaztelu