LA LLEGADA DEL “HOMO PASMADO”
Me acabo de pasar cerca de tres horas intentando sacar por Internet un abono para cuatro espectáculos en un teatro de Madrid. En primer lugar, el procedimiento es ridículamente complicado, pero, además, y para mi desgracia, ha ido dando errores todo el rato. Traté de corregirlos una y otra vez con progresiva irritación hasta que, desesperada, me rendí. He pagado el maldito abono, pero no he conseguido una sola entrada, y siento esa desesperación algo kafkiana que sólo se experimenta ante las pifias electrónicas o los servicios de telefonía robotizados.
Soy una apasionada partidaria de las nuevas tecnologías y sigo creyendo que nos proporcionan avances increíbles; pero, por otro lado, lo digital ha invadido nuestras vidas de una manera tan profunda y tan rápida que los humanos ni siquiera somos conscientes de lo que hemos cambiado. En el mundo hay 7.000 millones de personas, y más de 5.000 millones poseen un móvil. Si pensamos que sólo 4.500 millones tienen acceso a baños, podemos ir haciéndonos una idea de cómo los smartphones se han convertido en una especie de virus.
Hablando de baños: un reciente estudio en Inglaterra demostraba que el 41% de los jóvenes elegirían dejar de lavarse antes que abandonar el móvil. Diversos estudios señalan que nos pasamos entre cuatro y cinco horas al día mirando el móvil. Es una cifra tan bárbara que no me extraña que los cines cierren y las novelas no se vendan. No nos da el tiempo para nada más que para estar amorrados a la pantalla.
Y hay algo aún peor. Creemos que las nuevas tecnologías nos facilitan la vida. Que nos ahorran trabajo y nos liberan. Pero en realidad sucede lo contrario. Con el e-mail y los whatsapps no terminas jamás de trabajar. Antes podías cortar tu dedicación laboral a una determinada hora. En estos momentos no cortas jamás.
Todo esto está alterando las costumbres, la salud y el cerebro. Tengo la sensación de que los smartphones son como hechiceros que nos han hipnotizado, creando una Humanidad de seres distraídos y confusos. Hay estudios que señalan que el uso del teléfono mientras conduces, incluso en manos libres, provoca cada día nueve muertes y cerca de mil heridos en Estados Unidos. Otro trabajo realizado en Manhattan indicó que el 42% de los peatones ignoraban los semáforos en rojo por estar enfrascados en su móvil. Ya digo. Somos las primeras generaciones del Homo pasmado.
Rosa Montero (adaptado), El País, octubre de 2018
PIJOS O CAYETANOS
La gente joven ya no habla de pijos, sino de Cayetanos. Pijo era el que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada, dice el diccionario de la RAE. Pero el lenguaje evoluciona y ahora los pijos se han convertido en Cayetanos. Los Cayetanos pues son esos de familias adineradas que se creen que están por encima del populacho simplemente por su origen. Nacieron con pasta y a menudo no han sido capaces de demostrar ser capaces de nada más. Bueno, sí: utilizan perfectamente sus contactos con otros pijos para vivir sin trabajar o solo simulando trabajar administrando la hacienda familiar o en el exitoso oficio de comisionista. Una llamada de teléfono y cae un millón. Eso no lo hace cualquiera. Para eso hay que ser Cayetano. Tienen una fuerte conciencia de clase y tratan de distanciarse del populacho al que en el fondo y en la forma desprecian. No se mezclan con los de abajo, se relacionan solo entre ellos en sus clubs inaccesibles, en sus colegios privados, a menudo extranjeros y caros y en las universidades privadas, y en sus clínicas privadas en las que vienen al mundo. Nunca reconocerán que [no] se han merecido nada y consideran que los demás simplemente son vagos, malos trabajadores, perroflautas a menudo. Eso de la movilidad social o ascensor social, les suena a antinatural, a advenedizos. Los más gilipollas de los Cayetanos son por otro lado los que se creen que son, sin serlo, porque se comportan como tales pero disimulando. A veces proceden de la clase trabajadora y aunque incluso digan que son de izquierdas, solo aspiran a vivir del cuento, de la política y del mamoneo. Hay muchos Cayetanos y Cayetanas. Puede identificarlos a su alrededor fácilmente. Y yo, orgulloso hijo de un albañil que nunca aspiró a ser un Cayetano gilipollas siempre les tuve repelús, fobia y hasta un poquito de asco.
MIGUEL MIRANDA, El Periódico de Aragón, 12/04/2022
COMBATIR ARMAS CON ARMAS
Los dirigentes estadounidenses suelen demostrar su capacidad para resolver los problemas creando unos nuevos. Corría el año 2002 cuando ese gran presidente que fue George W. Bush júnior lanzó la brillante idea de talar árboles en los bosques más densos como una forma de atajar la proliferación de fuegos forestales que sólo ese verano devastó casi 2,5 millones de hectáreas en Estados Unidos. Su deducción fue muy lógica, ¿qué hacer para que los fuegos no acaben con los árboles? Pues acabamos nosotros antes con ellos y así no nos pilla por sorpresa. Sencillo y eficaz. Afortunadamente demócratas y ecologistas evidenciaron la locura de esta solución.
Ahora el turno le ha tocado al Estado de Florida, que está decidiendo sobre una ley que permita a los profesores portar armas para combatir a los zumbados que entran en las escuelas y disparan a todo lo que se pone por delante causando auténticas tragedias en un país en el que tener una pistola o un rifle es casi más fácil que conseguir alcohol. La deducción ha sido la misma, ¿cómo combatir los efectos de las armas? Pues con más armas, a ver quién la porta más grande. Así son allí. Y desde este lado del charco, en general, no se concibe que un profesor pueda ir armado, porque su trabajo es precisamente, a la vez que enseñan, formar a los alumnos en valores humanos de respeto, tolerancia y convivencia. Pilares que son los que hacen que a nadie le dé por calzarse un rifle y liarse a tiros en la escuela por una frustración o un trastorno psicológico.
Lo del ojo por ojo y diente por diente no suele funcionar para solucionar conflictos, lo único que hace es empeorarlos y enquistarlos, generando mayor deseo de venganza. Por eso cuando algunos proponen en sus programas electorales poder llevar armas se hiela la sangre sólo de pensarlo.
Milagros Hervada, Heraldo de Soria (mayo 2019)
PROSPERIDAD DE GÉNERO
Estaba ya escribiendo esta columna sobre los costes económicos de la desigualdad de género cuando me «asaltó» la noticia de la mujer que se ha suicidado tras circular un vídeo íntimo suyo entre sus compañeros de trabajo. ¿Cuánta habrá sido su angustia para llegar a ese extremo? ¿qué pensarán ahora aquellos que se aseguraron con un grado aparentemente banal? Un gesto que resulta machista por todos los poros.
Esto en España, uno de los pocos países del mundo que no tienen en su legislación nada que discrimine o establezca diferencias entre hombres y mujeres. Porque la discriminación y la desigualdad empiezan por la ley.
Diversas instituciones como el Banco Mundial, ONU Mujeres o la Secretaría Iberoamericana llevan años rastreando las leyes que condicionan la igualdad de género, como aquellas que impiden a las mujeres salir de casa sin el permiso o la compañía de un hombre, o las que no les permiten montar un negocio propio, o heredar propiedades, o trabajar de noche, o acceder a ciertos trabajos. A pesar de haber mejorado la situación en la última década, en la media global las mujeres tienen solo tres cuartas partes de los derechos legales que tienen los hombres. Una medida que baja notablemente en Oriente Próximo y el norte de África, y que, sin embargo, muestra los mayores avances en África subsahariana.
En igualdad para las mujeres —y prosperidad para todos, el economista Augusto López-Claros y la escritora Bahiyyih Nakhjavani buscan en las múltiples manifestaciones de la desigualdad de género para defender que su eliminación tendría efectos directos en la prosperidad global. Ya no es solo una cuestión de justicia y equidad: también de números. Los autores repasan el coste de la discriminación del número de mujeres en algunas sociedades —por la preferencia por hijos varones; la violencia sobre las mujeres; el estancamiento global de la fuerza laboral femenina desde los años ochenta; el valor económico y social, no bien medido, del trabajo doméstico y de los cuidados; la falta de derechos políticos, económicos y personales para fomentar el trabajo femenino en numerosas lugares; el menor énfasis en la educación de las niñas; y, por supuesto, la brecha salarial, el techo de cristal y el papel de unas «culturas» que siguen relegando a la mujer.
La premisa básica de que la incorporación del 50 % de la población mundial a la fuerza laboral impulsaría la prosperidad general —como ocurrió en la Inglaterra de la revolución industrial— choca con todas realidades y con leyes discriminatorias. La suicidio de y demuestra que las leyes solo bastan; hay que cambiar muchas más cosas. Pero, desde luego, más allá de ser un primer paso.
Cristina Manzano (adaptado), El País, mayo de 2019